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Capítulo 8 El Gobierno de Dios, Libro 1

1. Acto seguido, el eterno Amor cubrió su faz y, conforme el número del Orden, se apartó durante un tiempo definido, ciego desde la profundidad de su Misericordia porque no quería ni debía saber qué iban a hacer los recién creados en el juicio de la Divinidad para aprobar la prueba de su libertad en el tiempo limitado de su estancia en la Tierra. El lugar que les estaba dado para vivir en la tierra firme fue un jardín en un valle, llamado paraíso, el país que más tarde manaba leche y miel... Fue precisamente aquel lugar que en el tiempo de los tiempos de la Obra más sublime del eterno Amor se llamaba y siempre se llamará Belén... Porque se trata exactamente del mismo lugar donde la eterna Palabra encarnada por primera vez iba a ver cómo la Luz de su Gracia desde el Sol, desde la Luna y desde todas las estrellas luce para la gota de la Misericordia.

2. Y ve, en el juicio de la Divinidad que en su ira los puso a prueba, la avidez de Eva fue aumentando... Había en su jardín un árbol con las manzanas más preciosas y Eva tenía muchas ganas de probarlas. Por esto dijo: «Adán, tengo muchas ganas de probar esta fruta. Si tú quieres, voy a coger una y probarla, y luego te la pasaré a ti como mi primera ofrenda».

3. De momento Adán se calló porque estaba reflexionando sobre las palabras de Eva. Entonces una voz interior que era santa porque venía de la Divinidad que estaba en él le dijo: «¡Si coméis del fruto de este árbol, moriréis!». Adán estaba tan asustado, que no pudo ni dar una respuesta a su querida Eva.

4. En ella, mientras tanto, la avidez por el fruto aumentó, la atrajo al árbol e hizo que cogiera una manzana. Adán vio que Eva se volvió infiel al corazón de él, se entristeció y le dijo:

5. «Pero Eva, ¿qué estás haciendo? Aún no estamos bendecidos por el Señor del Poder, de la Fuerza y de la Vida... Sabe que tienes el fruto de la muerte en la mano... ¡Tíralo, para que no muramos en la desnudez ante el Señor de la Justicia!».

6. Eva se asustó tanto de la seriedad de Adán que, a pesar de toda su avidez, soltó el fruto de la muerte que cayó al suelo. Adán, viendo que la avidez de Eva se había perdido, tuvo una gran alegría con la liberación de los lazos de la avidez mortal de Eva.

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