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[RB 1.135.6] El conde reacciona: «¿Sabe el señor que puedo detener semejantes indirectas? ¿Y que un Bathianyi sigue siendo el mismo también en el reino de los espíritus?».

[RB 1.135.8] Responde el conde: «¡Cállese! Si tiene algo que decirme, hágalo como un hombre de honor, si no, sabrá que el Conde Bathianyi no ha dejado de serlo. ¿Comprende?».

[RB 1.135.17] Dice el franciscano: «Hable sin inhibiciones, porque de lo contrario nunca llegaremos a nada. Yo tampoco le interrumpí cuando me llenó los oídos con su perorata». Y el conde continúa: «Ya veo que el señor con su verborrea pretende privarme de mi título de conde, por cuyo motivo quiere insinuarme que me deje mandar a la porra. ¡Pero nada de eso, un conde Bathianyi sigue firme!». El franciscano para sí: «¡...sigue siendo un rinoceronte!». El franciscano: «¿Me entiende ahora?».

[RB 1.135.18] El monje aventura: «¡Perfectamente! Y para hablarle en términos claros: ¡son sus propios humos aristocráticos los que le llevaron al patíbulo! Con un pelo más de sabiduría esta deshonra nunca habría ocurrido a su estirpe mundana. ¿Acaso aún no le queda claro que el mundo está perdido para siempre, tanto para usted como para todos nosotros, y junto con él todos sus privilegios ficticios? Entonces, ¿qué pretende todavía de él oponiéndose -para disgusto de todo nuestro grupo- a aceptar la ayuda ofrecida por Jesús, a no ser que Él también confirmase aquí en el mundo de los espíritus la dignidad aristócrata de un conde Bathianyi? Reflexione un poco, no como noble sino como un simple hombre necesitado».

[RB 1.140.5] Dice el extraño: «Mi querido Bathianyi, así son aquí las cosas. No es preciso que todo quede claro de golpe. ¿No te das cuenta de que tampoco esta región ha perdido la neblina de modo abrupto? Lo mismo sucede con determinadas preguntas. Una respuesta completa hace que el espíritu se vuelva indolente por no haber otra cosa sobre la que preguntar. Si la respuesta es velada, el espíritu lo hará todo para orientarse respecto a pequeñas dudas. Fíjate, sobre la figura de Jesús, el Señor, nada has objetado y tu espíritu se dio al ocio y no ha preguntado nada más. La incertidumbre de la segunda respuesta lo ha despertado de nuevo, forzándolo a seguir con las preguntas. Esto es muy beneficioso. Por eso, en adelante, ya no tengas reparos cuando surgen enigmas, pues todo te será claro en tiempo oportuno».

[RB 1.141.4] Vea usted, apreciado amigo: precisamente éste es el santo Amor divino que contiene el secreto de toda clase de vida, para nosotros dos totalmente desconocido. Y si no me equivoco, este amigo todavía desconocido ha dicho que el Amor divino debiera ser nuestro guía. ¿Cómo lo conseguiremos si no nos entendemos más que el ratón y el gato, y pensamos en las peores venganzas sobre nuestros enemigos? Para hablar sinceramente, lo que más desprecio de Vd. es que no pretenda abandonar su título. Ya lo intenté varias veces pero el señor no quiere comprenderme. ¡Hace mucho que yo renuncié al de “padre franciscano”! ¿Por qué no hace lo mismo? Créame, como hombre y hermano nunca le habría insultado -ni siquiera en una sílaba- si no me hubiera provocado su título de “Sr. Conde” que en este reino de los espíritus no pega ni con cola. Para su propia salvación le insto a que deje de una vez para siempre lo de “conde” Bathianyi y jamás le diré ni una palabra que pueda molestarle; igualmente le pido perdón por todas las ofensas infligidas. Si no lo quiere hacer por mí, hágalo por este noble y bondadoso amigo que tantas palabras confortables ha dicho».

[RB 1.141.5] El conde reacciona: «Querido Cipriano, lo de “conde” no es algo que se negocie tan fácilmente, pues mi familia es antiquísima. Además nuestro amigo, que parece muy sabio, nada ha exigido al respecto. Y si me lo hubiera exigido, habría que ver si se lo hubiera consentido tan fácilmente; porque la dinastía de los Bathianyi es muy antigua. ¿Entiende?». Responde el monje: «¡Oh, sí!». El húngaro prosigue: «El señor continúe siendo lo que es y yo lo que soy. ¿Acaso no ha habido príncipes, condes y duques muy buenos? ¿Acaso yo no puedo amar a Dios tanto como un campesino? Supongo que la fina educación de un caballero se presta más al amor puro que la de un gañán ordinario. Dios no sería perfecto si algo imperfecto le complaciera más. ¿Por qué en el Cielo los ángeles perfectos se llaman “arcángeles”, “príncipes de la Luz” y “mensajeros del Poder divino”? La misma Divinidad ha establecido una clasificación determinada entre los primeros ángeles creados y un orden semejante se ve entre los cuerpos cósmicos, las montañas, los ríos, los lagos, mares, plantas y animales, de tal manera que unos sirven a otros; el Sol sigue siendo Sol y no puede reducirse a un planeta ordinario, y entre el río Amazonas y un regajo siempre habrá por cierto una gran diferencia.

[RB 1.141.10] Mi querido conde, puede Vd. esgrimir mil argumentos, que yo siempre repetiré la sentencia de Cristo: “Todo lo que ante el mundo sea de cualquier modo grande, elevado y maravilloso, es un horror para Dios”. Me apuesto lo que quiera que si algún día tenemos la enorme Gracia de entrar en el Reino de Dios, no nos encontraremos a David y a Salomón como reyes, ni tampoco al santo rey Esteban de Hungría, ni a los príncipes y condes Bathianyi. Si están en el Cielo, serán hermanos queridos y amables, que sólo tendrán un Padre, Dios y Señor. Sin embargo es muy posible que en el infierno los aristócratas de raigambre se rindan homenaje unos a otros. No creo que me haya equivocado. De todos modos, con mis palabras sólo pretendo darle a entender cómo interpreto su sermón. Ahora nuestro noble amigo puede hacer de árbitro entre los dos, si usted está de acuerdo».

[RB 1.141.14] Tu disertación, querido Cipriano, ha sido buena y evangélica, y predicada desde un púlpito mundano habría producido gran sensación y buenos resultados. Pero ¿cuál ha sido la reacción de nuestro amigo Bathianyi? Justamente la contraria de la que esperabas. ¿Por qué? Por lo mismo que dijo Cristo de los fariseos cuando los presentó como ciegos que nunca podrían guiar a otro ciego.

[RB 1.142.7] El hermano Miklosch os ha tratado antes así y sus explicaciones encontraron eco inmediato en vuestros corazones. Si Cipriano y Bathianyi hubieran hecho lo mismo, toda la asamblea estaría mucho más adelantada. Sin embargo ellos dos querían demostrar que cada uno era más versado que el otro en los Evangelios, con lo que sus palabras no tuvieron éxito alguno.

[RB 1.142.12] Dice Bathianyi: «Amigo, tus palabras son como flechas afiladas que alcanzan el blanco, pero no hieren el corazón. Porque -dentro del único orden en que una sociedad puede vivir feliz- son realmente acertadas. Yo, y todos nosotros, las aceptamos con gratitud. Incluso me llevan a perdonar a todos mis enemigos terrenales, pues todo lo que hicieron fue hecho en la ciega furia de la victoria. ¡Que Dios les perdone!

[RB 1.142.15] Dice el franciscano: «Amigo, me queda claro del todo lo que dices respecto a estos hermanos de infortunio. Sólo que sobre los demonios inclementes de la Tierra no me conformaré tan fácilmente como el amigo Bathianyi, pues el propio Padre del Cielo tendrá que reconocer que no es una broma ser ahorcado como un despreciable salteador. Por semejante ultraje exijo de Dios una justa venganza mediante el correspondiente castigo a nuestros jueces; de lo contrario mi corazón no encontrará la paz».

[RB 1.144.1] Bathianyi camina a la derecha del extraño y el franciscano a la izquierda, en tanto que Miklosch y los demás siguen detrás de Él.

[RB 1.144.2] Cuanto más se aproximan al edificio, más se sorprenden de su grandeza y majestad. Cuando se encuentran delante, Bathianyi no puede contenerse más y exclama: «¡Amigo, no es posible que sea obra ni de ángeles ni de espíritus más sabios de las estrellas, pues sólo la mano de Dios puede conseguir algo semejante! Esta inmensidad y armonía insuperables son algo que nunca hemos visto. Si es tan deslumbrante por fuera, ¡cómo será por dentro!».

[RB 1.147.3] Responde Bathianyi: «¡No Señor, no! Saliendo de Ti, soy enorme. Sin embargo, partiendo de mí, nada. Me levanto, pues tu Palabra me irguió». Haciéndolo así, se dirige a Mí y dice: «¡Señor, Padre, Dios, Jesús! Estoy curado por tu Amor y Misericordia, y el temor ha desaparecido. En cambio, un amor incontenible, cuya llama se ha transformado en una verdadera pasión, inunda mi interior. Quizás esa manifestación de vida espiritual acabe también equilibrándose poco a poco. Sin embargo, déjame abrazarte con toda mi alma para morir en este éxtasis sublime. ¡Señor, permíteme que lo haga!».

[TDT 6.6] ¿Cuánto tiempo hace ya que Zacarías gobernaba el templo en calidad de sumo sacerdote? Su mujer Elisabeth, ya en edad muy avanzada, le dio un hijo, tal como un ángel le había indicado cuando ofreció el incienso en el santuario. Zacarías no dio crédito a esta declaración, pues su mujer era demasiado vieja para dar a luz. Entonces, por no creerlo, quedó mudo hasta que su mujer dio a luz. Pero cuando un día le informaron en el templo que su mujer había dado a luz un hijo, y cuando le preguntaron cómo se debía llamar el hijo, se le soltó la lengua y dijo: "Juan.» Y mira, éste era el nombre que le había dado el ángel del Señor diez lunas antes.

[GEJ 1.112.11] Con Jairo, la triste madre y los cuatro discípulos volví a entrar al cuarto de la hija muerta. En seguida me acerqué a ella, tomé su mano izquierda y le dije: «¡Talitha kumi!», lo que significa “Niña, a ti te digo: ¡levántate!”.

[GEJ 1.112.17] Cuando la niña se hubo reconfortado, se acercó a sus padres y les preguntó en voz baja quién era Yo; porque cuando dormía en la cama, vio los Cielos abiertos y muchos ángeles luminosos: «Y en medio de los ángeles había un hombre muy agradable que me miraba. Luego se acercó, tomó mi mano y me dijo: “Talitha kumi” y con esta llamada suya me desperté. ¡Y me parece que este hombre es el mismo que vi en mi sueño en medio de tantos ángeles!... ¡Tiene que ser un hombre muy bueno y cariñoso!».

[GEJ 1.189.11] En el informe a Jerusalén te calumniaban como revolucionario, seductor y agitador, pero en unas dimensiones como hasta ahora nunca lo habían hecho con nadie. Decían en él que la hija de Jairo no estaba muerta cuando te llamaron para curarla y resucitarla, sino que la habían obligado a fingirlo para ponerte a prueba. Y cuando viniste y le dijiste a la niña “talitha kumi”, Jairo descubrió que Tú eras un impostor y que no tenías ni la menor idea del verdadero arte médico; pues un verdadero salvador debiera haber sido capaz de reconocer a primera vista que la joven no estaba muerta sino completamente viva.

[GEJ 4.182.5] Cuando acompañado por mi servidor entré en la ciudad, en seguida estuve rodeado de una multitud de hombres muy morenos, los que me preguntaron, quiénes somos y de dónde venimos. Otros en seguida lo adivinaron y dijeron: “¡Thot e Noubiez!”. (“¡Este es un nubio!”.) Y yo respondí: “¡Sí, soy nubio y vine aquí para saber y aprender muchas cosas buenas y hermosas de vosotros que sois hombres perfectos!”.

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